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Paysandú, Miércoles 07 de Junio de 2017

Eemac, parte de la respuesta

Opinion | 02 Jun Las limitaciones en recursos, las urgencias frente a proyectos de mediano y largo plazo que atiendan áreas prioritarias, incluso estratégicas, para el país, han sido durante décadas uno de los perfiles clásicos de Uruguay, y por cierto que este escenario no ha favorecido una línea de trabajo que es fundamental en cualquier país y disciplina, que tiene que ver con respaldar y promover producción de bienes y servicios a través de investigación y tarea de campo sobre su realidad.
Precisamente en Uruguay, un país con una economía de neta base agropecuaria, estas limitaciones y el perfil primario de las explotaciones no ha ayudado a revertir este escenario o por lo menos introducirle cambios significativos, como regla general, con las excepciones que confirman la regla. Aunque debe tenerse presente que, sobre todo en la última década, de la mano de una fuerte demanda internacional, con la incorporación de áreas como la forestal y las energías renovables, entre otras, hemos asistido a la generación de investigación e infraestructura acorde, focalizada en potenciar las acciones que se desarrollan en las respectivas áreas.
Las investigaciones en el sector han sido llevadas adelante en gran medida y en forma plausible en estaciones experimentales, dentro de sus limitaciones y posibilidades, y se ha procurado aterrizar proyectos e ideas para asimilarlos a necesidades y escenarios del país.
Hemos tenido en el curso de los años aportes muy significativos como resultado de esta tarea en la cercana Estación Experimental “Mario E. Cassinoni” (Eemac) de la Facultad de Agronomía, entre las cuales recordamos un programa que investigó el contenido en colesterol de ganado alimentado en campos de la zona, en comparación con resultados que habían sido considerados como negativos e indiscutibles en investigaciones similares realizadas en países europeos, donde la alimentación en establos nada tiene que ver con la de los campos en nuestra región.
El ejemplo viene a cuento del trabajo del que informábamos recientemente en artículo de EL TELEGRAFO, desarrollado en una parcela de la estación de referencia, el que involucra un ensayo comparativo del comportamiento de ciertas especies destinadas a la obtención de biocombustibles de segunda generación. El trabajo fue presentado en el marco de las actividades por la Semana de la Ciencia y la Tecnología y consiste en una comparación entre tres tipos de sistemas para la producción bioenergética.
Es así que el primer sistema se basa en agricultura convencional, una rotación de dos años con tres cultivos anuales como el trigo, sorgo grano y maíz. En forma simultánea, se evaluó el sorgo dulce, pero sobre todo el aspecto destacado en el estudio es el tercer tipo de sistema de producción de energía, que refiere a un cultivo perenne ligno-celulósico, el switchgrass.
El investigador de la Eemac, Guillermo Siri, explicó que sobre este cultivo existe abundante información “tanto en Estados Unidos como en Europa. Se planta una vez y puede durar 20-30 años. La información que tenemos de afuera es que desde el punto de vista ambiental es muy bueno y produce bastante biomasa”.
Los datos que ha arrojado el trabajo, indicó Siri, son positivos y ha sido el que ha dejado los mejores resultados en la evaluación. Amplió que “el switchgrass ha tenido los mejores valores de productividad en etanol por hectárea y los mejores balances de nutrientes, mejor balance de energía; un montón de cosas que hemos medido acá en este ensayo, ha sido el que mejor lo hemos catalogado”.
Es decir que estamos ante un paso prometedor en base a los estudios y evaluación en nuestro medio en un área que genera muchas expectativas, pero que resulta imposible de evaluar en su real proyección en un corto período, sobre todo tratándose de implantaciones agrícolas, que requieren períodos de mediano y largo plazo para poder lograrse resultados confiables. Para poder concluir la investigación sobre parámetros confiables, se requiere dinero, que no abunda precisamente en nuestro medio, y mucho menos para estos objetivos.
Tampoco es seguro, además, ante los condicionamientos de un mundo cambiante. Ergo, la investigación, en tanto afecta recursos materiales y humanos, conlleva también asumir los riesgos de que todo lo que se haga eventualmente vaya a parar a la basura.
Es parte de las reglas de juego, y no invalida el acento en la búsqueda de avances tecnológicos y en aras de hacer viables emprendimientos que a primera vista aparezcan poco menos que como quimeras y expresión de imágenes idealizadas o buenos deseos.
Por supuesto, lo mejor es trabajar sobre cultivos de segunda generación, que no compiten con los que tienen como destino alimentos, como bien señalara Alvérico Banquerque, de la gerencia industrial de Ancap, al considerar además que de la investigación se entregan datos y elementos de juicio para quienes luego adoptan las decisiones políticas.
Estas no siempre se alinean con lo que determinan en forma químicamente pura las investigaciones, a la hora de tener que llevarlas a la práctica y tener en cuenta aspectos estratégicos, la imprescindible explotación de subproductos y de disponibilidad de recursos en la ecuación costo-beneficio.
Pero precisamente la necesidad de un mayor desarrollo y los beneficios que traería aparejado este crecimiento y avance tecnológico es parte de la ecuación costo-beneficio a que nos referíamos, e indica que se está por el buen camino en la búsqueda de obtener datos en base a nuestra propia realidad en la investigación, y crear la masa crítica de apoyos para volcar recursos humanos y materiales en aras del objetivo de potenciar el aprovechamiento de ventajas comparativas del país.


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